Esa sensación del oficio de historiador

Esa sensación del oficio de historiador, José Enrique Ruiz-Doménec

Catalunya, España, el arte medieval, la memoria de los feudales… Nuevas publicaciones y recuperaciones editoriales confirman al intelectual granadino arraigado en Catalunya José Enrique Ruiz-Doménec como una de las grandes figuras de nuestro panorama cultural.

A partir de la coincidencia en las librerías de algunos libros recientemente publicados por el historiador José Enrique Ruiz-Doménec se nos brinda la oportunidad de adentrarnos en esa fascinante sensación del oficio de historiador siguiendo el itinerario de un trabajo intelectual, austero en el contenido, riguroso en la metodología y brillante en la escritura, al estilo de la historia francesa que el autor admira claramente: la de Georges Duby, su maestro, la de Jacques Le Goff y sus seguidores. Todos estos libros que de un modo u otro han sido presentados casi simultáneamente tratan de abrir perspectivas en el estudio del pasado, convencernos de que ese es el camino que conduce al futuro de una disciplina tan necesaria como útil. El repaso de este itinerario lo comenzaré, en primer lugar, con la valoración de dos libros escritos en los años setenta, ahora reeditados, y que aun provocan las palpitaciones de entonces; en segundo término, me dispondré a considerar la versión definitiva de su monumental obra España. Una nueva historia; para, finalmente, en tercer lugar, abordar su recientísimo Informe sobre Cataluña, donde aparece con nitidez el compromiso del autor con el espíritu de su tiempo.

Primero, Sentir el arte es el texto del seminario impartido en la Autónoma el curso 1977-78, dedicado a la lectura del San Bernardo, el arte cisterciense de Duby, y que se publica en una colección de la propia universidad para celebrar el cincuenta aniversario de su fundación en junio de 1968. El seminario era una petición de los alumnos (muchos de los cuales hoy son importantes figuras del mundo académico, cultural y comunicativo) que deseaban acceder a esa Otra Edad Media que se estaba trabajando en Paris y por esa vía llegó a la UAB la revolución historiográfica francesa. Las sesiones de trabajo siguieron el modelo de los famosos seminarios del Collège de France que hacían Duby o Foucault consistentes en llevar a cabo la legibilidad de una época; en este caso fue el siglo XII europeo, a partir de la distinción (es evidente aquí la impronta sociológica de Bourdieu) del arte y de la obra de arte.

El seminario fue un ritual de paso para los estudiantes de entonces como lo es para los lectores de hoy, pues en esta obra se percibe la andadura de su autor que durante aquel seminario transitó desde su antigua modalidad de aproximación a ese tema a través de la filosofía fenomenológica a la nueva manera auspiciada por Duby en el estudio del imaginario de una sociedad. Al leer ahora el texto nos damos cuenta de lo que va de ayer a hoy. Basta sentir el desafío de un profesor de 28 años que se jugó su promoción académica por sentido del deber hacia sus estudiantes. El coste personal fue alto; se podría creer que fue porque en 1977 España no estaba para esas cosas, a dos años escasos de la muerte de Franco, pero hay que decir que lo mismo le hubiera sucedido hoy en que sigue vigente el rechazo universitario a la creación.

La memoria de los feudales, de José Enrique Ruiz-Doménec

Si Sentir el arte es un ensayo consciente solo en parte de las ideas que sostienen un cambio de rumbo en la historia, La memoria de los feudales es plenamente consciente. ¿Cómo analizar el conglomerado familiar de la nobleza europea, en particular el modo de recuperar los recuerdos de los antepasados? Enseguida se muestra la forma. Mediante una lectura densa de las fuentes más diversas, desde canciones trovadorescas a crónicas o ejercicios de rememoración personal. El libro se convirtió en una obra de culto, que se pasaba de mano en mano, pues estuvo agotado durante muchos años. Hasta que su editor de antaño decidió reeditarlo en el sello Pensodromo 21. Texto muy mejorado y ampliado con trabajos que el autor fue publicando en los años siguientes.

En aquel lejano ayer como sucede hoy, cuarenta años después, la lectura de La memoria de los feudales suscita innumerables cuestiones sobre el modo de acceder a una época, la Edad Media, tan maltratada por estudios altamente banales. Aquí se ve el esfuerzo por seguir los pasos del maestro Duby, que no dudó en prologar el libro de forma elogiosa, en profundizar en los rasgos de carácter que definían a un grupo social clave en la historia europea y del que tenemos una imagen distorsionada. En la nueva edición hay un capítulo dedicado a Lambert de Wattrelos que no estaba en la anterior, un capítulo clave en la evolución historiográfica de Ruiz-Domènec que tras estudiar a los hombres orientó su estudio para seguir las andanzas de las mujeres que formaron la base de la cultura cortés y de la literatura que da origen a la novela europea. Dos libros de hace cuarenta años que crearon las bases de un modo de hacer la historia que daría futuro con el paso del tiempo, aunque hay en ellos algo de esa frustrante sensación de haber llegado a la renovación de la historia con algunos años de adelanto.

Varios aspectos de esta frustración de haber llegado demasiado pronto se ventilaron abiertamente en la cuarta edición de España, una Nueva Historia que constituye un auténtico hito. Ya quedó claro en la presentación que se hizo del libro por parte del escritor Xavier Bru de Sala en el Ateneo de Barcelona. Hay que insistir en los dos elementos claves de este libro: España y Nueva Historia. La elección del concepto España para explicar la sucesión de acontecimientos que tuvieron lugar en la Península Ibérica desde la llegada de los Escipiones en 212 a.C. hasta el día de hoy, es decir, 22 siglos de historia, es una aceptación sin paliativos del efecto de la geografía en las civilizaciones. España es el concepto geográfico que los romanos le dieron al territorio que los griegos habían llamado Iberia y que primero conquistaron, luego organizaron administrativamente y al que finalmente dieron su arte, su lengua y su cultura. Ruiz-Domènec realiza un relato de los diferentes momentos de organización política, sociocultural y económica que ha tenido el territorio llamado España. Capítulo a capítulo se invita a una reflexión que intenta dialogar con las grandes lecturas que llevaron a cabo Salvador de Madariaga, Américo Castro, Claudio Sánchez-Albornoz o Vicens Vives. Aunque pueda sorprender, un libro de 1300 páginas no deja de ser una aproximación al mismo tiempo que una interpretación. Para llevar a cabo esta doble misión se vale de los principios de la nueva historia forjada por la escuela francesa con Jacques Le Goff al frente. Asumiendo la política como el esqueleto del relato se da entrada a todos los aspectos de la vida humana, desde la economía al arte, pasando por la organización social, la cultura literaria, el urbanismo, el arte o la música. Todo ello a un ritmo trepidante porque se lee como una novela a pesar de ser un ejercicio riguroso y preciso. Y es precisamente dentro de esta exigencia donde surge la oportunidad de que en esta edición el autor haya introducido el período de España que faltaba en las anteriores, el que va de 1948 a 2017.

Este compromiso con lo que hoy se llama historia reciente es muy importante. Es lo que hace posible un libro como Informe sobre Cataluña que, al fin y al cabo, no es sólo un tratado para instruir a la sociedad en el valor de la historia. Por supuesto, responde a esa idea de carácter humanístico que entiendo extrae de los papeles de Palamós, las instrucciones que el emperador Carlos V le dio a su hijo Felipe II sobre lo que debía hacer respecto a Cataluña; pero al seguir paso a paso los argumentos aquí expuestos, poniendo énfasis en la claridad y la ponderación, este libro recuerda los consejos expuestos por Marc Bloch en su libro sobre junio de 1940, las reflexiones de un historiador sobre las noticias falsas sobre la guerra. Una robusta pieza que sitúa la historia como maestra de la vida y recurre a ella para hacer unas “iluminaciones” sobre un problema que de enquistarse puede resultar peligroso para la sociedad. Eso es fácil de reconocer incluso entre quienes sean alérgicos a la idea de que un historiador de la Edad Media, como era Bloch, y es Ruiz-Domènec, se implique en asuntos contemporáneos que tocan de cerca la política y la sensibilidad social.

El informe: un reconocimiento explícito de la necesidad de recobrar una historia veraz, que oriente a la ciudadanía en el camino para acceder al conocimiento del pasado. Por supuesto, busca los motivos de larga duración de la rebeldía de muchos catalanes (no de todos, eso queda meridianamente claro en este libro) enfrentados al poder desde el último tercio del siglo VIII hasta el día de hoy. Esta actitud había sido calificada por el maestro Vicens Vives en su notable Noticia de Cataluña como la rauxa opuesta al seny, pero en este Informe se señala que la verdadera fuerza procede de una atención rigurosa, aunque parcial, a lo que se considera un daño a la sociedad. Se percibe ya en la oposición a la política económica de Ramón Berenguer III (que en parte era la de Ricard Guillem, su mentor y amigo), de apostar por el Mediterráneo, o lo que es lo mismo, por los horizontes abiertos, el comercio y la burguesía de negocios; o en la actitud de los menestrales que lideraba Oller disgustados ante la política de Pedro el Grande en Sicilia, una actitud que el gran cronista Desclot tildó de sedición; y como esos muchos otros casos donde ocurren siempre muchas cosas que deberían conocerse antes de repetirlas. Los errores son producto de la ignorancia de la historia y estas modernas instrucciones enseñan el camino para salir de las turbulentas aguas en las que hemos entrado. Se perciben ecos de los catalanes de sentido común. En los escritos del trovador Guillem de Cervera, en las cartas del cardenal Margarit; en la obra de Narciso Felíu de la Peña; en las propuestas ilustradas de Capmany, en la vindicación de Bofarull de los condes de Barcelona, y en tantos otros que aquí se citan como testigos de que en los momentos difíciles siempre hay una voz para la esperanza.

Por: Almudena Blasco Vallés (Codirectora de nuestra Colección de Cultura Histórica)
Publicado en el Suplemento CULTURA|S de La Vanguardia, el 27 de octubre de 2018

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